
Namaste. Me invitaron a compartir con vosotros la historia de mi camino en el yoga, y puedo decir que ha sido una historia de amor profunda y transformadora. Sin embargo, no empezó así.
Mi recorrido se inició a principios de 1995, no porque quisiera ganar flexibilidad o fuerza, ni porque buscara calma o conciencia. Tampoco seguía una moda. Me acerqué al yoga porque tenía dolor. Me dolía la espalda de forma constante, cada segundo del día. No podía conducir ni viajar en coche durante más de dos horas sin sufrir una gran incomodidad.
Por entonces trabajaba como entrenadora en un gimnasio, cuando una joven me contó que el yoga le había ayudado con su escoliosis. Yo tenía la misma condición, agravada por varias caídas de caballo y de moto en mi juventud. Además, sufría hernias discales y mi columna estaba estructuralmente comprometida. Así que decidí aprender yoga. Ahí comenzó todo.
Empecé leyendo y viendo vídeos, y después un hombre mayor llamado Dharmendra me vio practicar en el gimnasio y me ofreció su ayuda. En apenas tres meses, mejoré de forma notable. Me enseñó a usar la respiración para profundizar en las posturas, y mi cuerpo respondió volviéndose más fuerte y flexible. Dejé de sentir dolor. Mi vida cambió por completo. Cuanto más practicaba, mejor me encontraba.