
Para mí, el yoga es una invitación a escuchar con profundidad: un lenguaje del alma que se vuelve visible a través del cuerpo cuando el ruido se disipa. Es una forma de regresar a la presencia, de encontrarnos con suavidad y aceptar tanto nuestra luz como nuestras sombras. El yoga llegó a mi vida como una pausa necesaria, un momento para volver a mí cuando el camino que seguía ya no estaba alineado con mi propósito. Durante muchos años trabajé y me formé como abogada, pero mientras mi mente seguía ocupada, mi corazón se sentía lejos de casa. Esa sensación de desconexión me impulsó a explorar la espiritualidad y a formarme como astróloga y terapeuta holística, acompañando procesos de sanación a través de la astrología, el Reiki, el tarot terapéutico y ceremonias holísticas. En el yoga encontré el punto de encuentro de todo lo que soy: la profundidad del pensamiento y la sensibilidad del alma. La práctica me enseñó a tratar mi cuerpo como una guía, a vivir el presente con más ternura y a abrazar mi luz y mis sombras con compasión. Mis clases son suaves y meditativas, concebidas como pequeños rituales de reconexión. Entretejo movimiento consciente, respiración, sonido, escritura y presencia para crear espacios en los que cada persona se sienta sostenida, escuchada y acompañada.